En todo París no podría encontrase otro hombre más feliz que papá Chibou. Y es que amaba su trabajo como vigilante del Museo “El mundo de cera”. Llevaba ya tanto tiempo en el museo que hasta parecía otra figura de cera. Era común que algún visitante lo confundiera y le tocara la cara. Su título de “papá” era honorario, habiéndose dado porque tenía cerca de veinticinco años de trabajar en el museo. Era soltero y dormía allí mismo, en un minúsculo cuartito junto al Circo Romano, en donde leones de papel maché engullían mártires. De noche cuando papá Chibou sacudía aquellas fieras, les reprochaba severamente su conducta.

 

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